Hace
varios siglos, en los principios de la época colonial en la Nueva
España, existía un sencillo hogar de campesinos sobre una pequeña planicie (probablemente en lo que hoy es el poblado de calderones),
casi perdida entre el muro de cerros y montañas que rodeaban a la recién nacida
ciudad de Guanajuato. Estaba integrada la familia, además de los padres,
por un joven como de 18 años y una niña de 9. El padre se dedicaba a la
alfarería auxiliado por su mujer y la pequeña, y por su parte el joven
se ocupaba del pastoreo, llevando a las ovejas y cabras propiedad de
ellos, que con mucho esfuerzo y sacrificio habían comprado, a apacentar,
ya al pie de los montes, o bien a las partes elevadas y planas de
aquellos, donde crecía en abundancia la hierba.
