domingo, 12 de febrero de 2012

El pastor y la Bufa

Cerro de los picachos
                                           
Hace varios siglos, en los principios de la época colonial en la Nueva España, existía un sencillo hogar de campesinos sobre una pequeña planicie (probablemente en lo que hoy es el poblado de calderones), casi perdida entre el muro de cerros y montañas que rodeaban a la recién nacida ciudad de Guanajuato. Estaba integrada la familia, además de los padres, por un joven como de 18 años y una niña de 9. El padre se dedicaba a la alfarería auxiliado por su mujer y la pequeña, y por su parte el joven se ocupaba del pastoreo, llevando a las ovejas y cabras propiedad de ellos, que con mucho esfuerzo y sacrificio habían comprado, a apacentar, ya al pie de los montes, o bien a las partes elevadas y planas de aquellos, donde crecía en abundancia la hierba.

nuestro pastor, de nombre Lorenzo, no obstante su rusticidad, era sensible a la belleza y se extasiaba en la contemplación de los paisajes que la aurora pintaba con sus dedos de rosa, y en el mar de oro licuado de los crepúsculos; o creía adivinar cantos misteriosos que el viento le llevaba desde la espesura, a la hora del Ángelus. Su alma saturada de la polifonía de la naturaleza, cuyos arpegios unas veces eran suaves y dulces en las gargantas de las aves, y otras, sonidos horrísonos en las tormentas que él trataba de expresar en modulaciones y ritmos con una flauta de caña, que con mano maestra había construido, sentado en algún pequeño montículo desde donde vigilaba a su ganado. Y de ese modo dejaba transcurrir las horas, casi inmóvil y ensimismado en el encanto del lugar, hasta la hora del atardecer, en que volvía con paso tardado, dirigiendo a sus animales hasta la cabaña.
Una de tantas veces a su regreso, creyó oír una voz que partía detrás de una roca hacia un lado del sendero. Se detuvo deleitado para localizarla, pero casi instantáneamente cesó de escucharla. Atribuyó aquella a alguno de los mil ruidos que se oyen en la montaña y continuó su camino. Así pasaron varias semanas, y ya casi había olvidado aquel suceso cuando nuevamente en el mismo sitio que la vez anterior, volvió a oír la voz, tan tierna como el canto de un ruiseñor, pero esta vez como si fuese un lamento. Se paró, puso atento el oído, y entonces escuchó claramente una voz que le decía: “¡Sálvame!”. Acto continuo corrió hacia el sitio de donde había salido la voz, mas todo estaba solitario y únicamente el viento peinaba los casahuates y breñales. Creyó estar sufriendo una alucinación, originada por la conseja que escuchó a un grupo de viejos, quienes cierta vez al pasar por esos lugares oyeron la voz de una virgen encantada que pedía auxilio. Satisfecho con esa explicación que él mismo se dio, se incorporó a sus ovejas; sin embargo un raro desasosiego había quedado grabado en su conciencia.
Al día siguiente y a la misma hora, Lorenzo volvió hacia el aprisco, indiferente a lo que le había ocurrido el día anterior; mas al pasar por el mismo sitio, la misma voz lo detuvo: “¡Lorenzo, sálvame!”.
Veloz se dirigió al lugar, y vio a una hermosísima joven, con el pelo negro suelto y la mirada suplicante, que le extendió los brazos, rogándole: “El mago que me custodia se ha ausentado por unos momentos, llévame hasta la parroquia principal, en donde al llegar quedará conjurado el hechizo”.

Basílica de Ntra. Señora de Guanajuato, la parroquía principal en aquella época.

Lorenzo estaba como petrificado ante aquella cautivante belleza, como si estuviera viviendo un sueño. Y la joven, adivinando lo que le pasaba al pastor, volvió a repetirle con voz insistente: “No pierdas el tiempo, joven intrépido; llévame contigo, y a cambio de ello te entregaré la ciudad encantada que existe entre estos montes.”
El joven pastor en esta ocasión no resistió la súplica, volvió hacia la joven, la cargó entre sus brazos, y con un vigor y una rapidez de que no se creía capaz comenzó a bajar por los vericuetos empinados y peligrosos. Durante el trayecto, agregó la joven: “No vuelvas el rostro por ningún motivo, a pesar de que sientas que te persiguen, no temas las voces que te amenazan, no te detengas a sus retos, a sus imprecaciones, y corre sin descanso hasta la parroquia”.

 A poco a su espalda escuchó voces imperativas que lo querían obligar a detenerse, y amenazas de muerte. Pero la voz acariciante de la joven lo animaba sin cesar a seguir adelante. Y él, fascinado con su belleza, no prestaba oídos al coro infernal.
Ya llevaban gran trecho caminado y las fuerzas no lo abandonaban, pero de repente sintió que algo le tocaba por la espalda e imprudentemente volvió el rostro hacia atrás. Al punto su preciosa carga se transformó en monstruosa serpiente que huyó por entre las grietas de las rocas. El pastor, al principio sorprendido, no supo qué actitud tomar, más en cuanto se repuso corrió hacia la cueva por donde había creído verla. Llegó hasta el lugar y buscó ansioso, pero ningún rastro revelaba la presencia del animal. Atónito y profundamente decepcionado de haber perdido a su bellísima virgen a causa de su imprudencia, se quedó inmóvil; empero de esa actitud lo sacó un ruido espantoso que se produjo a su alrededor, y una especie de terremoto comenzó a sacudir las rocas, que se fueron agigantando a su vista, a manera de colosal mausoleo, donde había quedado sepultada su bien amada.
Entonces, con el más ferviente deseo imploró a los espíritus de esos sitios le permitieran para siempre quedarse custodiando el sepulcro de su desdichada virgen. Y aquellos seres invisibles de las montañas accedieron a aquel ardoroso deseo y convirtieron al pastor en un enorme peñasco, el cual se conoce desde entonces con el nombre de “El Pastor”, y la gigantesca roca con el de “La Bufa”.

Sendero que conduce al cerro de los pichachos.



Existe una versión más resumida que nos habla de una princesa y un reto.
 
"Cuentan que en el Cerro de la Bufa en Guanajuato, vive una hermosa princesa encantada que sale cada jueves festivo del año por la mañana en busca de un joven que se case con ella y la lleve hasta el altar de la Basílica de Guanajuato.

Dicen que cuando la princesa y el joven lleguen a la Basílica, brillará la plata de la ciudad encantada (el cerro de la Bufa), que fue la capital hace mucho tiempo, además de que la princesa hechizada volverá a ser humana.

Para romper el encanto se necesita que el joven cumpla con diversas pruebas: que cuando la lleve en sus brazos camine sin miedo y sin voltear hacia atrás, aunque escuche voces y ruidos extraños no lo deberá hacer.

Si el joven elegido voltea hacia atrás, entonces la hermosa princesa se convertirá en una horrible serpiente y ahí terminará todo.

Es una gran oferta porque es una linda muchacha con una gran fortuna, pero ¿quién será el joven valiente que pueda rescatar a la princesa?

En más de 400 años no ha habido nadie que cumpla esos requisitos."


Fuente: "Cultura popular" y "letrasparavolar.org"

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